Empatía

La empatía, una placentera y genuina conexión emocional

La empatía emocional se constituye como la habilidad para percibir y comprender estados emocionales ajenos teniendo en cuenta que hay vivencias y pensamientos que se dan la mano en esa experiencia emocional.

Esto es importante puesto que habitualmente se explica que ser empático es “ponerse en los zapatos del otro”. Esta expresión pretende hacer referencia a la experiencia de “sentir lo que el otro siente”. Sin embargo, la empatía explicada de esta manera es una utopía, un imposible.

¿Por qué “ponerse en los zapatos del otro” es algo utópico? Porque sentir lo que otra persona siente es un imposible si tenemos en cuenta que no se han experimentado las mismas vivencias, no se han tenido los mismos pensamientos y, además, no se conciben las emociones de la misma forma en función de lo anterior.

En definitiva, esta expresión reduce el proceso empático al simple hecho de captar y comprender la emoción. Sin embargo, lo cierto es que la verdadera empatía reviste de mayor complejidad, siendo necesario que la conexión se establezca a otros niveles.

Así, para que el proceso empático sea verdaderamente completo no es suficiente con que se comprenda qué puede estar sintiendo la otra persona. Hace falta reflexionar sobre los pensamientos que puede estar teniendo, hacer faltar valorar lo que está sucediendo en función de la experiencia previa y, por supuesto, hace falta comprender que la amalgama de emociones que se pueden estar sintiendo es, por definición, cambiante.

Por ello, la empatía es un proceso eminentemente dinámico que requiere de gran flexibilidad emocional y cognitiva. Pero, además, la empatía necesita de humildad. Humildad para reconocer que nos falta información y que podemos estar equivocándonos. Humildad para comprender que las emociones y los pensamientos pueden ser mucho más intensos o mucho menos de lo que nos parece. Humildad para tener en cuenta que la experiencia empática puede estar contaminada por nuestras opiniones y vivencias.

En definitiva, podemos decir que la empatía no es solo captar y comprender estados emocionales ajenos, sino también reflexionar y hacer significativo cada dato que podamos obtener del entorno de la persona con la que pretendemos ser empáticos.

 

La complejidad de la empatía

 

Como venimos diciendo, la empatía es la habilidad de nuestra mente emocional para leer o percibir los pensamientos y sentimientos de los demás teniendo en cuenta todas las variables que conocemos. Sin embargo, este proceso por el que conectamos con el psiquismo ajeno requiere un paso más, el de brindar la posibilidad a la otra persona de percibir esa conexión emocional y experimentar el apoyo que necesite.

Este punto de conexión es esencial para que las dos partes experimenten una satisfacción emocional. Realmente hay pocas cosas tan reconfortantes como ayudar a alguien o sentirse comprendido y apoyado. Así, para iniciar esta danza emocional es necesario que utilicemos con destreza nuestro lenguaje no verbal, comunicando con nuestros gestos y nuestra mirada que conocemos sus emociones y que estamos dispuestos a apoyarle.

En este sentido, Peter F. Druncker afirmó con gran acierto que “los verdaderos oyentes empáticos hasta pueden oír lo que se dice en el silencio. Lo más importante en la comunicación es oír lo que no se está diciendo”. Esto nos da la pista de que lo esencial en la comunicación empática es la escucha sin filtros y prejuicios, una escucha que no esté marcada por opiniones preformadas o consejos no solicitados.

En este proceso, nuestras mentes se entrelazan creando un vínculo único que permitirá que broten experiencias únicas de apoyo emocional basadas en la inercia de la bondad más genuina. Nos sentimos dichosos ayudando a los demás y experimentamos gran confort cuando somos comprendidos y apoyados.

Porque ponernos el traje emocional de otra persona es una experiencia realmente valiosa que  nos ayuda a colocar sólidos cimientos en nuestra personalidad y en la consideración que tenemos de nosotros mismos. Podemos destacar, por lo tanto, que ser empáticos y brindar apoyo emocional nos ayuda a construir nuestro autoconcepto de una manera positiva, potenciando nuestra autoestima o, lo que es lo mismo, que nos queramos y que apreciemos nuestras cualidades.

 

El desgaste por empatía, una consecuencia emocional que no podemos olvidar

 

A pesar de que, como ya se ha adelantado, no es fácil lograr que el proceso empático se complete de una manera totalmente satisfactoria, hay personas que son altamente empáticas. Con frecuencia, estas personas tienden a conectar con los demás y a verse implicadas en procesos emocionales ajenos.

Dado que estas personas absorben sensaciones de diversa intensidad y tipología de manera habitual, no es extraño pensar que la consecuencia es el desgaste emocional. En parte esto se explica porque las personas altamente empáticas suelen sentir que conectar con alguien es inherente a la tenencia de cierta responsabilidad en el alivio de esa experiencia emocional. Es decir que, como se explicaba antes, las personas altamente empáticas tienen la necesidad de cerrar el proceso brindando su apoyo y su compañía.

Por ello, si bien el desarrollo de la capacidad empática es símbolo de gran madurez, también puede constituir un grave problema para las personas que de alguna manera sufren de un exceso de empatía. Esta “hiper-empatía” puede llevar incluso a justificar los comportamientos agresivos, autoritarios o violentos de las personas con las que se tiene una gran conexión. No en vano, entonces, cabe destacar que sentir de esa manera puede llegar a ser un peligro para la integridad de las personas altamente empáticas.

El exceso de empatía conlleva el riesgo de sentirse desbordado, bloqueado y mermado por las experiencias emocionales de los demás. Dado que al conectar se asume una responsabilidad socioemocional, se puede llegar a postergar el cuidado de uno mismo. Esto significa ignorar las propias necesidades emocionales, cognitivas y vitales en pro de las necesidades ajenas.

El desgaste por empatía puede llegar a:

-Deteriorar la identidad propia.

-Afectar al estado anímico, volviendo a la persona lábil y fluctuante a nivel emocional.

-Generar dependencias hacia los demás y hacia la necesidad de resolver problemas ajenos. Estas personas se valoran en función de los favores o de los apoyos que emiten, dependiendo su bienestar de las reacciones de los demás ante estas ayudas.

-Forjar resentimientos derivados de la ausencia de reconocimiento o de reciprocidad.

Si una persona sufre por exceso de empatía, es necesario que acuda a un psicólogo para que le ayude a comprender y gestionar mejor sus recursos emocionales y su potencial socioemocional.

 

Los conflictos entre la empatía emocional y la empatía cognitiva

 

Somos seres emocionales que aprendimos a pensar, por lo que no es difícil comprender que la tendencia a experimentar emociones es realmente potente. Sin embargo, como ya se ha destacado, ser empático no significa solo sentir, sino que también representa el intento de comprender qué puede estar pensando la otra persona en función de sus experiencias.

Cabe destacar en este punto que existen dos tipos de empatía que no son mutuamente excluyentes pero que, como veremos, se pueden constituir como disposiciones conductuales.  Es decir, puede haber personas que tiendan a conectar de manera emocional y otras que tiendan a hacerlo de manera cognitiva.

Para comprender esta distinción vamos a poner un ejemplo. Imaginémonos que Paula le está contando a su amigo Jorge que está teniendo una mala temporada en el trabajo y que está sufriendo gran estrés por culpa de diversos conflictos. Jorge, ante el sufrimiento de su amiga, comienza a pensar en qué cosas puede hacer Paula para resolver estos problemas. Con su buena intención, Jorge comienza a relatar posibles soluciones que se le ocurren a lo planteado por su amiga.

Paula se molesta con Jorge porque cree que no ha comprendido nada y que está restando importancia a lo que le sucede, pues ella solo necesita sentirse comprendida y escuchada, no que le digan lo que tiene que hacer. Mientras tanto, Jorge se siente angustiado por no poder ayudar a su amiga ya que nada de lo que le dice le parece válido.

Si escaneáramos el cerebro de Jorge mientras Paula le cuenta sus problemas, veríamos cómo se activa el Sistema Neuronal Especular o, dicho de otra manera, un sistema de neuronas espejo que cumplen la misión de reflejar en nuestro cerebro lo que estamos observando. El mencionado sistema cerebral es el mismo que nos hace bostezar cuando otra persona lo hace o que nos hace sonreír al ver a un niño reír.

Así es que este mágico proceso psicofisiológico nos ayuda a sintonizar emocionalmente con la otra persona, descifrando el encriptado mensaje sentimental y facilitando la lectura emocional. Esta lectura es propiciada y procesada por el sistema límbico, la base de nuestro cerebro emocional, el cual está compuesto por el lóbulo temporal, la amígdala, el hipocampo y la zona orbitofrontal. Hasta aquí estaríamos hablando propiamente de la empatía emocional.

En este punto es importante destacar que el proceso continúa, siendo la zona frontal y la unión temporo-parietal del cerebro las que ejercen una función ejecutiva y ayudan a Jorge a evaluar la situación, reflexionar y proponer distintas soluciones acordes a las normas sociales que acompañan a la atmósfera emocional establecida en su contacto con Paula. Este proceso de búsqueda de soluciones prácticas es el que se denomina empatía cognitiva. Digamos que en este punto el cerebro de Jorge ha procurado establecer una distancia entre sus emociones y las de Paula para evaluar la situación y ser lo más objetivo y pragmático posible.

Así, mientras que Jorge propone alternativas y sus áreas cerebrales del bienestar se iluminan con fuerza ante sus ideas, Paula siente que Jorge no está sintonizando con ella al nivel que espera. Como vemos, ambos tipos de empatía han estado presentes en el proceso; sin embargo, la necesidad de desahogo de Paula no ha sido satisfecha en el intercambio con su amigo Jorge a pesar de la buena voluntad del varón.

Este conflicto es muy habitual, pues a veces la necesidad de cerrar el proceso empático pone en marcha el proceso analítico y resolutivo en un momento inadecuado. Como hemos adelantado, hay personas en las que predomina la empatía cognitiva mientras que en otras la tendencia es más emocional. Conocer esta realidad puede ayudarnos a complementarnos y a comprendernos mejor, por lo que nuestros contactos serán más enriquecedores y satisfactorios.

 

Necesitamos alfabetizar nuestro cerebro emocional desde la infancia

 

No es suficiente con percibir y comprender lo que el otro siente, es imprescindible transmitirle la comprensión y construir un vínculo de apoyo empático. Esto, desde luego, es algo que requiere aprendizaje y reflexión, por lo que se hace necesario trabajar esta habilidad desde la infancia.

Los niños construirán su mundo emocional en base a lo que observan, por ello deben aprender qué son las emociones y qué palabras pueden ponerle a sus sensaciones y sentimientos. Siendo hábiles en la identificación de las emociones propias, se abona el terreno para que se desarrolle la capacidad de identificar las emociones ajenas. Asimismo, con el proceso de gestión emocional ocurre lo análogo, es imprescindible que los pequeños sepan qué hacer con su sentir para que sepan ayudar a otros a canalizar sus vivencias.

Esta responsabilidad educativa es una asignatura social que debe estar en continua evaluación, pues la capacidad empática es parte de los cimientos de una sociedad justa y solidaria. La educación emocional es clave, ya que en la infancia se define la salud mental del adulto y, sin duda, lo cierto es que es más fácil educar niños fuertes que reparar a adultos rotos.

 

 

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